Este año hubieron dos películas de ciencia ficción, Avatar y Sector 9, que me gustaron mucho y que, aunque le pesen a sus detractores, marcarán un hito cinematográfico y por más de una razón.

Curiosamente las dos se parecen más de lo que sus creadores quisieran reconocer:

Sector 9 narra la llegada accidental de una nave alienígena a la Tierra y cómo éstos son desplazados por los seres humanos al estrato más bajo de la sociedad, apartándolos en ghettos con condiciones de vida infrahumanoalienígena. El personaje central de pronto se encuentra entre los dos mundos y comienza a ver ambas realidades y descubre la parte más despreciable del ser humano al ser segregado y perseguido por ser diferente. Narrada en un estilo de documental con una grabación “sucia”, la historia es presentada de forma muy inteligente, motivo por el cuál a muchas personas no les agradó mucho, pues a pesar de la acción era necesario poner atención para ir hilando la trama. Al final, la película logra el efecto de que uno se alegre cuando un humano es matado por un alienígena.

Avatar, por su lado, convierte al ser humano en alienígena (por cierto, Planeta 51, animación más infantil, trata el mismo tema desde una perspectiva diferente), al ser éste el que llega, pero con fines colonialistas, a otro planeta, que tiene un mineral áltamente codiciado por los seres humanos; nunca nos explican para qué sirve el mentado mineral, pero tampoco he entendido qué utilidad práctica puede tener el oro, tan codiciado por los antiguos europeos en las recién descubiertas tierras americanas de antaño. El problema es que los nativos del lugar, seres tremendamente inteligentes y conectados de forma maravillosa a todos los seres vivientes de su planeta, no están dispuestos a permitir que destruyan su entorno para que los alienígenas (nosotros) obtengan su piedra preciosa. Los humanos entonces deciden que si estos seres incivilizados e incultos no entienden por las buenas tendrán que entender por las malas y, así, infiltran a un marine entre los nativos para obtener la información necesaria y así liquidarlos y dejar paso a las máquinas destructoras de los humanos. Si bien ésta película está plagada de muchos lugares comunes y de más de un cliché (si eres nativo, seas de donde seas, te parecerás a los nativos australianos), la intención de la historia no se pierde al hacer un llamado de atención ecologista muy fuerte y al final, también, la alegría de ver que el malo, el ser humano, es humillado e incluso eliminado.

Por el lado del despliegue técnico y tecnológico, ambas entregas son impecables e integran de forma hiperrealista la animación con la acción real y en ese terreno, por más purista que seas, difícilmente encontrarás defectos (atrás quedan Merry Poppins y Who Framed Roger Rabbit, que requerían que fuese un tema de comedia y/o infantil para que el público aceptara el juego animación-realidad).

Ambas historias funcionan y en los dos casos los efectos están al servicio de la historia y no al revés.

Pero quiero detenerme en un último punto, que seguramente se pondrá de moda en los años venideros: el ser humano como enemigo a vencer. Recuerdo mucho un mail que me llegó hace poco de Fernando Pascual, en el que hace una reflexión sobre los tres tipos de ecología prevalecientes hoy en día: una totálmente analista y fría que pretende llenar de datos los anaqueles digitales para que los sobrevivientes tengan documentado el estúpido degradamiento humano; la segunda en dónde el ser humano es el enemigo más peligroso para sí mismo y el resto del entorno; y la tercera, en la cual si bien hay un “bien” y un “mal”, la solución no puede ser la eliminación del ser humano como si de un tumor se tratara.

Si bien me da gusto que hayan películas que ponen el dedo en la llaga, es muy importante que tengamos los ojos bien abiertos y seamos críticos. Dentro de los muchos defectos que tenemos los seres humanos es que a veces tomamos partido sin analizar y reflexionar profúndamente y no habría cosa que me doliera más, que ver en años futuros a sectas radicales que quieran terminar con la raza humana (menos con los elegidos, es decir, ellos) porque todos somos basura.

En resumidas cuentas, el enemigo a vencer sí está en nosotros, pero no somos nosotros y se vence simplemente con educación, una educación humanista e integral, no podemos educar sobre el cuidado de un árbol y dejar a un lado la integridad del prójimo. No podemos educar sobre el respeto a un animal y alzarnos de hombros cuando el vecino patea (literal o figurativamente) al indígena. No pidamos respeto a la naturaleza, si no somos capaces de respetar al que piensa diferente a nosotros.

Feliz Navidad a todos.